CUENTO.
Antes de entrar comparó los tres retretes y se decidió por el del medio, a todas luces más limpio, aún así paso un trozo de papel higiénico por el borde de la tapa. Se desabrochó el cinto, se bajó los pantalones y los calzoncillos y se sentó, acostumbraba a hacerlo aunque sólo fuera a mear. Echó un ojo a las pintadas de la puerta pero no descubrió ninguna novedad: dibujos obscenos, rimas manidas y números de teléfono de «putas gratuitas» que se mantenían, año tras año, resistiendo los embates de la señora de la limpieza.
«Espero que me dé tiempo entregar el informe antes de la una, así podré salir a tiempo y pasarme por la frutería. Ayer vi que ya tenían cerezas, carísimas, ¡pero a ella le gustan tanto!… » Un chapoteo en el fondo de la taza interrumpió sus planes. «No ha sido mi chorro ¿Qué entonces? Imaginaciones, seguro.» Con la vejiga hinchada le resultaba difícil orinar. «Siempre igual, me entran unas ganas tremendas y cuando al fin me siento…» Volvió a oír el batir del agua y ya iba a levantarse para mirar cuando algo se aferró a sus cojones. « ¡Dios! ¡Hijoputa! ¡Suelta!», chilló. Se intentó levantar para zafarse de lo que fuera, pero aquello cada vez apretaba más fuerte sus testículos causándole un dolor insoportable. Al borde del desmayo y haciendo fuerza en las paredes del cubículo logró levantarse y ver, entre sus piernas, la mano peluda que apretaba con rabia. « ¡Suelta, cabrón!», acertó a decir con un hilo de voz. Luego se desmayó.
La criatura, creyendo que había acabado con su presa, volvió a su guarida consciente de que siempre es necesario ganar una primera batalla para cambiar el curso de la guerra.
Adenda:
Benito Pantaleón me indica el posible parecido con un cuento de Suso de Toro [lea más aquí] y, finalmente, descubro que se trata del cuento O rabano polas follas (Batermán) incluido en su libro Polaroid. (16 de junio de 2007)

