xoves, setembro 10, 2009

EL ASCENSORISTA, UN OFICIO AÑOSO.

A los más jóvenes les resulta ridículo al subir a un ascensor encontrarse con ese ser humano que, casi siempre sonriente y barrocamente uniformado, nos espeta: «Buenos días, ¿a qué piso va?» Hogaño denostada, la de ascensorista fue una de las profesiones más apreciadas durante la formación de las sociedades occidentales tal y como ahora las conocemos. Hubo un tiempo en que nuestra Realidad sólo era un boceto, unas rayas azules sobre un mundo en blanco. Por aquel entonces, cada ser humano sabía a donde tenía que llegar y dedicaba todas las horas del día (que, antes del calendario juliano, eran 3 y media) a crear todo lo que hoy tenemos: las cordilleras, las hamacas, la democracia de partidos, los árboles, el sol, los embudos,... Apenas tenían tiempo para nada más y nadie se paró a aprender a leer, todo ocio era rechazado por un colectivo que tenía claro que hasta el más ínfimo esfuerzo debía estar orientado a alcanzar el Futuro. Un buen día, varios individuos que sentían en su pecho el oscuro designio de cardar las nubes se subieron a un ascensor para cumplir su vocación. Impotentes lloraron ante la botonera grabada con símbolos para ellos incomprensibles. Mateo Filstrup, herido en su orgullo, se encerró a escondidas en una biblioteca y con su sola voluntad y un par de huevos logró aprender los números y varias letras, todas consonantes. Tras esta gesta convocó a sus frustrados compañeros ante la puerta del ascensor bien temprano, a eso de los 10 primeros segundos de un nuevo día (al que llamaron «espumadera»). Los otros, como buenos neardentales, acudieron temerosos del ridículo. Mateo les hizo subir y apretó, no sin el miedo propio del autodidacta que asume por vez primera responsabilidades frente a terceros, el botón que ponía «100». Lograron subir y gracias a ellos disfrutamos de los estratocúmulos. Filstrup fue idolatrado desde aquel día y agasajado con las más anchas condecoraciones de su tiempo. De ahí la reverencia que todos los bípedos debemos a los ascensoristas.

domingo, agosto 30, 2009

3 canciones esdrújulas.

A usted, de Joan Manuel Serrat.





Las Antípodas, de Javier Krahe.




y

Transoceánica, de Jorge Drexler.



xoves, agosto 27, 2009

Más sobre la lógica interna. (The bus, de Paul Kirchner)

Gracias a la impagable cárcel de papel de Álvaro Pons descubro una joya del tebeo The Bus, de Paul Kirchner una (por lo que he podido deducir de lo que he visto en la internet) serie de historietas generalmente de una página que tienen como protagonista a un bus urbano.
Todo sucede en una realidad muy parecida a la nuestra pero sujeta [como tantas veces lo están la representaciones humorísticas o terroríficas (algo de ambas tienen estos tebeos)] a una peculiar lógica basada en llevar hasta sus últimas consecuencias nuestras más vacías costumbres.

El usuario del bus urbano sigue las recomendaciones publicitarias al pie de la letra




(como también hace el propio bus)





o usa literal (casi mejor metonímica) y expeditivamente las señales.






Lo absurdo es vivido por los personajes (humanos y mecánicos) como algo usual. Sin duda es un universo kafkiano (¡déjenme ser aún más obvio cuando actúo como crítico!) y asi lo parece afirmar Krichner con esta historieta en la que nos revela algo sobre el origen del conductor.




Nada asombra, e incluso cuando el bus estuvo en la Villa y Corte sólo hizo sonar fuerte su bocina ( Honk! ) para apurar el paso de lo extraordinario.



En otras historietas Kirchner adopta la posición del narrador-ensayista para mostrarnos distintas facetas de la vida e historia de los autobuses y entonces impera en los tebeos la comicidad propia de los tonos pontificales.

Sirva como botón este fragmento:




Más en:

Paul Kirchner. (Cibersitio del autor)

Paul Kirchner
en la Wikipedia.

El bus en La cárcel de papel.

The Bus, de Paul Kirchner. (Algunas historietas en buen tamaño)

The bus en The bronze age of blogs. (Más tebeos)

What is it with the bus? (historieta de 2 páginas completa) en Grantbridge street and others misadventures.

martes, agosto 18, 2009

Más culos además del de Oja. (Retocando)



Y si es inquietante el efecto que el muy acaecido culo de Oja Kodar crea en Picasso y de rebote en el espectador de la película F for Fake, de Orson Welles [cfr. C18: La credibilidad de lo inverosímil, II]; hay otros culos, mucho más reales, que son usados como arma de desconcierto. ¿Por quién? ¿Para qué? Hay días en que es difícil no creer en un gran narrador que nos guía de acuerdo con un plan preconcebido y no me refiero a Dios precisamente.

Hace tiempo escribí aquí [La credibilidad de lo inverosímil, I] de refilón sobre un cibersitio interesante, The art of detouch, en él podemos comprobar como la cirugía estética no es suficiente para alterar la realidad; y lo ficticio tiene que intervenir aún más en lo acaecido borrando arrugas y pliegues, alzando pechos, rebajando cinturas, exterminando lunares...

Como diría un periodista las imágenes hablan por si solas


Fuente de la imagen.


pero no me resisto a meter baza para lamentar el tiempo que perdemos intentando alcanzar utopías imposibles mientras dejamos otras, sólo improbables en el tintero.


Más en:


The art of detouch.