Las tropas de voluntarios llegadas de Euskadi reforzaron el frente de Zamora proporcionando un pequeño respiro que a duras penas permitía alegrarse. La guerra estaba perdida de antemano, sólo cabía mantener las posiciones mientras fuera posible para organizar la evacuación del superpoblado Reino de España. Los gobernadores militares de Salamanca y Segovia no podían abastecer a los miles de desplazados que cada día lograban atravesar las fronteras. En los campos de refugiados el reparto de alimentos acostumbraba a terminar en masacre. La ayuda de las Naciones Unidas se retrasaba por el acuerdo entre Israel y Palestina que impedía al Consejo de Seguridad reconocer al gobierno militar español. Además la declaración de libertad de culto en Al Andalus había sido una hábil maniobra del Califa con la que consiguió que muchos (cientos de miles) africanos y sudamericanos se quedasen en el sur, que comenzaba a recuperarse de los efectos de la guerra, antes de desplazarse al inestable norte. La espuria definición de Al Andalus como estado aconfesional unida a la firma por sus representantes de los más importantes convenios internacionales de protección de los derechos humanos, permitieron nuevas alianzas, sobre todos con paises del tercer mundo que llevaban décadas esperando el momento para “vengarse” del opulento norte. Varios ejercitos subsaharianos se ofrecieron para reforzar el frente catalán y hacer posible la invasión de Francia. Tras varios siglos ellos volvían a escribir la historia y, mientras el Regente llamaba a la larga guerra española“invasión”, el Califa, y con él la mayor parte de la comunidad internacional, la denominaba “reconquista”.
mércores, xaneiro 11, 2006
Mañana ( I ).
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Sergio B. Landrove
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11.1.06
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Sección o secciones: Cuentos.
domingo, xaneiro 08, 2006
Un miedo del narrador.
Tras el conocido caso de Alonso Quejana, Quesada o Quijano, que ya se sabe que en esto no son contestes las fuentes, todos los narradores tienen miedo de provocar en sus lectores un estado de enajenación parecido al del manchego que, a pesar de los fastos oficiales del año pasado, saben que no sería bien recibido por la sociedad ni por las instituciones. Este miedo de los escritores se multiplicó después de que transcendiera a los medios el conocido como affaire Bovary.
Quizá por eso algunos autores, cuando asumen la posición de un tercero objetivo para narrar sus ficciones, se curan en salud advirtiendo a los lectores de que lo que nos cuentan no es verdad. Nos dejan señales (o lo expresan abiertamente) para sacarnos del ensimismamiento en la historia y que paremos mientes en el papel impreso y en la realidad del libro. “¡No te lo creas!” –nos dicen.
Recorremos en un instante, gracias a esos artificios, el camino de la ficción a lo acaecido y nos sorprende lo sumergidos que estábamos ya en el relato.
Tres ejemplos dispares:
La muerte del funcionario. Relato (1883) Antón. P. Chejov.
Una agradable velada, el no menos agradable ujier Iván Dmítrich Cherviakov estaba sentado en la segunda fila de la butaca y miraba con sus gemelos el espectáculo La campana de Corneville, sintiéndose en la cumbre de la felicidad. Pero de pronto… En los relatos se encuentra mucho este “de pronto”. Y los autores tienen razón. ¡La vida esta llena de imprevistos! (…)
Quizá por eso algunos autores, cuando asumen la posición de un tercero objetivo para narrar sus ficciones, se curan en salud advirtiendo a los lectores de que lo que nos cuentan no es verdad. Nos dejan señales (o lo expresan abiertamente) para sacarnos del ensimismamiento en la historia y que paremos mientes en el papel impreso y en la realidad del libro. “¡No te lo creas!” –nos dicen.
Recorremos en un instante, gracias a esos artificios, el camino de la ficción a lo acaecido y nos sorprende lo sumergidos que estábamos ya en el relato.
Tres ejemplos dispares:
La muerte del funcionario. Relato (1883) Antón. P. Chejov.
Una agradable velada, el no menos agradable ujier Iván Dmítrich Cherviakov estaba sentado en la segunda fila de la butaca y miraba con sus gemelos el espectáculo La campana de Corneville, sintiéndose en la cumbre de la felicidad. Pero de pronto… En los relatos se encuentra mucho este “de pronto”. Y los autores tienen razón. ¡La vida esta llena de imprevistos! (…)
[Traducción de don Víctor Gallego Ballesteros para Cuentos. Alba Editorial]
El hombre que era jueves. Capítulo 9. (1908) G. K. Chesterton.
(…) Syme recordaba esos absurdos miedos de ayer como uno recuerda haber tenido miedo al Coco de pequeño. Pero ahora era de día y estaban ante un saludable hombre de anchas espaldas, vestido de tweed, en el que no había nada raro salvo el accidente de sus feos anteojos y que no miraba furioso ni hacía muecas siniestras, sino que se limitaba a sonreír continuamente sin decir palabra. El conjunto daba una sensación de realidad insoportable. Bajo la luz solar cada vez más fuerte, los colores de la tez del doctor, del dibujo de su tweed crecían y aumentaban amenazadoramente, del mismo modo que este tipo de detalles se convierten en algo demasiado importante en una novela realista (…)
[Traducción de doña Alicia Bleiberg para Alianza Editorial]
Los pies por delante, en Cuentos Ciertos (1955) Max Aub.
Le jaleaban, las palmas venían solas al repiquetear del zapateado. Chaquetilla corta, pantalones ajustados que le regalara, con lágrimas en los ojos, el viejo Retana, pese a su fama de avaro. Y botas de caña. Hasta que conoció, al azar de una madrugada tibia, al Marqués de X (como se dice en las novelas) (…)
Estos recursos luego han sido empleado como eficaces armas de la metaficción pero eso es otra historia.
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Sergio B. Landrove
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8.1.06
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Sección o secciones: Un canon accidental
venres, xaneiro 06, 2006
Primeras fábulas crípticas del año.
XII
La polilla, harta de lana, esperaba el cambio de estación.
XIII
Tras la asamblea las serpientes decidieron no querellarse contra el autor del Génesis.
XIV
El pulpo se hizo un lío.
XV
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Sergio B. Landrove
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Sección o secciones: Cuentos., Fábulas crípticas
xoves, xaneiro 05, 2006
GERIFALTE INSTANTÁNEO. Capítulo 12.
Resumen de lo publicado: Alfredo, el chófer de Troche i Poch, haciéndose pasar por editor de LE ROSAIRE ofrece a Sergio B. Landrove un trabajo de encargo: completar la novela por entregas titulada Gerifalte instantáneo.
El despacho de Duarte mostraba los signos de tres intensos días de trabajo: las carpetas se amontonaban abiertas en la alfombra dejando un reguero de documentos, desde la mesa más papeles se precipitaban al suelo según eran desechados por Troche y el prelado compostelano y en la pizarra que ocupaba una de las paredes había un esquema en el que decenas de flechas se entrecruzaban impidiendo a los propios autores descifrar su último sentido. El timbre del teléfono sonó ahogado bajo el mar de papeles. Los dos hombres lo buscaron impacientes por saber la noticia que podía hacerles tener que comenzar de nuevo. Tras varios intentos fallidos Duarte dio con el auricular «Diga»; «Aceptará, señor Troche. ─Alfredo tras la comida llamaba para dar cuenta de su encomienda─ Incluso parece encantado de que sea un trabajo de encargo»; «Muchas Gracias, Alfredo» Tras dirigir un gesto de éxito al Arzobispo, Duarte marcó el número del Secretario General de CEAS. «Señor, ya tenemos un modo de difundir la verdad sin que nadie se la crea y frustrar el eventual retorno de Felipe VI», dijo emocionado; «Abrevia, por favor»; «Editaremos un pasquín en el que se cuente toda la verdad como novela, así no llegarán a nacer rumores porque previamente se habrá difundido como ficción»; «Clásico y eficaz, Duarte ¿has encontrado escritores?»; «Creo que con uno llegará, ─Troche se arrodilló para buscar la ficha de Landrove en uno de los montones que había bajo su mesa pero el arzobispo le hizo una seña indicándole que la tenía en el bolsillo de su pijama─ Alfredo me acaba de confirmar que el número A32-180770 aceptará el encargo» Benito Pantaleón consultó en su computadora el fichero de premios literarios que convoca el CEAS.: «Landrove… Recuerdo que me hablaste de él. Buen trabajo.»
El Secretario General salió de su despacho y se encaminó a la planta superior desde la que Citric seguía la huída del monarca. Pantaleón se sorprendió al ver al estadounidense impecablemente vestido colocado chinchetas sobre un mapa de Europa. «¿Qué sabes del paradero del Rey?»; «Ha intentado despistar a mis hombres pero sabemos que ha parado en los aeropuertos reales de Holanda, Bélgica y Suecia pero parece que ninguno de sus colegas quiere comprometerse dándole más que repostaje y avituallamiento. Ahora creemos que se dirige a ─el dedo de Alexander titubeó sobre el mapa antes de posarse sobre la península de Jutlandia─ …Dinamarca.»
Pantaleón recibió la noticia dando un puñetazo a la pared: «¡Rosencratz!»-dijo con odio. «Efectivamente, señor, allí está el viejo amigo de don Felipe»
El despacho de Duarte mostraba los signos de tres intensos días de trabajo: las carpetas se amontonaban abiertas en la alfombra dejando un reguero de documentos, desde la mesa más papeles se precipitaban al suelo según eran desechados por Troche y el prelado compostelano y en la pizarra que ocupaba una de las paredes había un esquema en el que decenas de flechas se entrecruzaban impidiendo a los propios autores descifrar su último sentido. El timbre del teléfono sonó ahogado bajo el mar de papeles. Los dos hombres lo buscaron impacientes por saber la noticia que podía hacerles tener que comenzar de nuevo. Tras varios intentos fallidos Duarte dio con el auricular «Diga»; «Aceptará, señor Troche. ─Alfredo tras la comida llamaba para dar cuenta de su encomienda─ Incluso parece encantado de que sea un trabajo de encargo»; «Muchas Gracias, Alfredo» Tras dirigir un gesto de éxito al Arzobispo, Duarte marcó el número del Secretario General de CEAS. «Señor, ya tenemos un modo de difundir la verdad sin que nadie se la crea y frustrar el eventual retorno de Felipe VI», dijo emocionado; «Abrevia, por favor»; «Editaremos un pasquín en el que se cuente toda la verdad como novela, así no llegarán a nacer rumores porque previamente se habrá difundido como ficción»; «Clásico y eficaz, Duarte ¿has encontrado escritores?»; «Creo que con uno llegará, ─Troche se arrodilló para buscar la ficha de Landrove en uno de los montones que había bajo su mesa pero el arzobispo le hizo una seña indicándole que la tenía en el bolsillo de su pijama─ Alfredo me acaba de confirmar que el número A32-180770 aceptará el encargo» Benito Pantaleón consultó en su computadora el fichero de premios literarios que convoca el CEAS.: «Landrove… Recuerdo que me hablaste de él. Buen trabajo.»
El Secretario General salió de su despacho y se encaminó a la planta superior desde la que Citric seguía la huída del monarca. Pantaleón se sorprendió al ver al estadounidense impecablemente vestido colocado chinchetas sobre un mapa de Europa. «¿Qué sabes del paradero del Rey?»; «Ha intentado despistar a mis hombres pero sabemos que ha parado en los aeropuertos reales de Holanda, Bélgica y Suecia pero parece que ninguno de sus colegas quiere comprometerse dándole más que repostaje y avituallamiento. Ahora creemos que se dirige a ─el dedo de Alexander titubeó sobre el mapa antes de posarse sobre la península de Jutlandia─ …Dinamarca.»
Pantaleón recibió la noticia dando un puñetazo a la pared: «¡Rosencratz!»-dijo con odio. «Efectivamente, señor, allí está el viejo amigo de don Felipe»
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Sergio B. Landrove
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5.1.06
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Sección o secciones: Gerifalte instantáneo (Novela por entregas)
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